Me acosté tarde la noche anterior y al otro día debíamos despertarnos temprano porque había contratado una excursión al Cañon del Yumuri. No llegué al horario de la cita con la agencia que organizaba la excursión, entonces fui a la plaza y comencé mis averiguaciones para ver cómo llegar por mis propios medios. A pesar del apuro, aproveché para visitar la iglesia y tomar unas fotos. Pareciera que fuera a derruirse de un momento a otro, como muchos edificios que vi a lo largo del viaje. Se puede ver que fueron abandonados por mucho tiempo pero mantienen su belleza a pesar de la decadencia, como esas señoronas venidas a menos con los años, a las que se le ven en los ojos la fastuosidad de otros tiempos. Por suerte están, quizás hace años, realizándole trabajos de restauración.

Cañon del Yumuri

Caminé preguntando cómo llegar a Yumurí, viendo que transporte me llevaría o buscando algún chofer ocasional. Un jinetero me persiguió cuadras y cuadras hablándome en varios idiomas para ofrecerme transporte carísimo, y lo fui rechazando en una escalada que fue desde la educación hasta el improperio. Otro escolta permaneció firme a mi lado durante varios minutos: el chocolatero de la plaza, al que finalmente le compre porque me gano con su simpatía.

En una de las caminatas, y siendo cautiva de las melodías cubanas, me asome por una ventana de una casa para ver de dónde venía el sonido. Resultó ser que estaba ensayando una de las bandas del pueblo. Al verme me invitaron a pasar, y por supuesto que me sumé, sentándome a un costado y disfrutando de la exclusiva. ¡Hasta me daban ganas de sumarme con una pandereta o algo por el estilo!

Luego recordé que mi objetivo era conseguir transporte para Yumuri. Salí de la casa agradeciéndoles por la invitación y volví a mi búsqueda. Por suerte me encontré a Jose, que me ofreció su ayuda. Me llevó hasta una especie de terminal donde estaría el Jeep que nos llevaría a destino. El chofer me dijo que si nos paraba la policía no abriese la boca, porque se darían cuenta de que era extranjera. Y también me dijo la cosa más linda que escuché en todo el viaje. “No te preocupes chica, que igual ya pasas por Cubana”

Ruinas perdidas

El viaje me salió caro, para que negarlo, pero realmente no tenia preocupaciones del dinero que gastaría en este viaje que era lo que esperaba hacer hace años. Sufrimos nuevamente las rutas cubanas, el jeep desvencijado parecía quejarse en cada pozo. Por momentos dudaba que llegaría, pero lo hicimos. No fue difícil encontrar a Tania, un grupo de extranjeros en aquellas latitudes llaman la atención fácilmente. Nos unimos al grupo y Jose fue a saludar a algunos amigos. Cuando me llamo a su lado me convidaron con un traguito de ron fuertazo que me terminó de despertar. Eran las 11 am.

Jose Vs el Coco

Aunque había pagado por el tour, me separé del grupo y me fui a pasear con Jose. Tomamos un bote y paseamos por el Cañon del Yumuri hasta una playa de rio solitaria. Nos sentamos ahí un buen rato, solo escuchando y hablando de nuestras cosas. Era mi último día en Baracoa y no podía imaginarme despedirme de una mejor manera del lugar y de Jose. El verdor espeso del rio y de la vegetación me tenían encantada. Cuba también era estos colores, este verde de su vegetación y aquel negro de la arena, su color original antes de ser invadida por partículas de coral. Salí un poco del celeste y amarillo de sus playas para sumergirme en nuevos colores, que me encantaban tanto como aquellos.

Luego fuimos a caminar hasta la casa de otros amigos. Tenían una casa muy humilde y un patio sin límites perdida en medio de la vegetación. Tan camuflada que yo jamás la hubiera encontrado. Compartimos con ellos un buen rato, me llevaron a conocer unas ruinas coloniales que no eran explotadas turísticamente. Un pedacito de historia olvidado, un último recoveco que escapó quizás por estar tan aislado y en un lugar tan distante. Nos prepararon un rico almuerzo de plátano frito, pescado y arroz, que comimos a orillas del mar. La nena del matrimonio amigo me miraba curiosa, con cara de pregunta, pero sin formular ninguna. Luego vendría el turno del postre, y nuestro amigo mostró sus habilidades trepando a un cocotero en pocos segundos, valiéndose de la fuerza de sus manos y piernas, en una hazaña que obviamente intente repetir sin éxito, pero con mucha risa. Machete en mano , Jose lo partió y bebimos agua de coco, otra delicia que siempre voy a extrañar.

Almorzando en la orilla

Este sí era mi último día en Baracoa. No podía atrasar más mi regreso a La Habana o perdería el vuelo. Por la noche repetimos nuestra rutina de caminatas en el malecón, charlas y mojitos. Él dijo que no le gustaban las despedidas .Entonces nos despedimos como cualquier otro día. Lo único diferente era mi promesa de volver el año siguiente.En la mañana me subí al bus, luego de una última foto con Tania en el malecón. Desde la ventanilla, cuando pasamos por la puerta de su casa, me saludó con su mano y permaneció en el umbral hasta que lo perdí de vista.

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Eliana | Dar vuelta al Mundo

Soy Eliana y tengo un problema grave de curiosidad infinita. Soy autodidacta en mil cosas a medias, pero pongo todo mi corazón en viajar, escribir y emprender.
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