Era uno de los peores  viernes que tuve desde que empecé a trabajar. Mi  cabeza amontonaba pedacitos de cosas inútiles e irresolubles, que me distraían de las cosas verdaderamente importantes, como por ejemplo, disfrutar de una salida con amigos.
Pase a buscar a mi amiga y fuimos hasta Plaza Serrano, punto obligado de encuentro en las noches del  fin de semana aquí en Palermo. Tomábamos unas cervezas cuando se nos acercó un simpático artesano del Brasil. No era el típico artesano de ropas raídas y cabellera desprolija.  Le agradecimos que nos muestre sus artesanías, pero no compraríamos ninguna. Así que uso el viejo truco de hacernos un anillo y que contribuyamos a voluntad.

Invitamos a Roberto a sentarse con nosotras, y nos dió una de esas clases espontáneas de cómo vivir, sin proponérselo.

Roberto Mohr
Nos contó que hacía 8 años estaba recorriendo América en su bicicleta. Como suele escucharse en estos casos, sin la aprobación inicial de su familia, que ahora ya estaba resignada.  Contó que pasó muchas cosas en su camino, que  lo chocaron en la ruta, en uno de esos choques murió su compañero perruno.  Nos contó como dormía en las calles, estaciones de servicio abandonadas, rutas, o donde la noche lo encontrara.  Nos relataba lo feliz que era al haber elegido vivir así, su padre le había ofrecido algún dinero mensual para que trabajara con él llevando una vida sedentaria, pero que ni toda la plata del mundo podía comprar su libertad. Citando a aquellos religiosos brasileros nos decía “pare de sufrir!” ; La gente puede pensar que uno está loco, pero uno elige como vivir, y quien puede elegir encerrarse ocho, nueve horas por día en una oficina, el loco no es él déjenme decirles.
Si hablan con alguien que está viajando hace mucho, presten atención a sus gestos o a su forma de hablar y verán que parecen brillar desde adentro. Roberto hablaba  y cantaba en medio de oraciones,  no dudaba en  tomarme la mano, como lo natural que ese gesto es, pero con lo poco que ello sucede. Sonreía y miraba a los ojos. Nos compartía su vida abiertamente y nos honraba sentándose con nosotras ya que no se sentaba en cualquier mesa.
Luego nos invitó a una cabaña en Uruguay, más precisamente en Punta del Diablo. La cabaña era de su amigo, si mal no recuerdo se la prestaba porque casi no la utilizaba y  no tenia instalaciones de ningún tipo.  La invitación era a ver el mar, pescar…no quiero usar la palabra “desenchufarse” porque me hace sentir como un electrodoméstico.

Pero no.  No puedo ir “tengo que” miles de cosas. Como por ejemplo: volver a rellenar mi cabeza de pedacitos de cosas inútiles e irresolubles el lunes bien temprano en la mañana.

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Eliana | Dar vuelta al Mundo

Soy Eliana y tengo un problema grave de curiosidad infinita. Soy autodidacta en mil cosas a medias, pero pongo todo mi corazón en viajar, escribir y emprender.
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