Te escribo desde el Mc Donald’s en Mong Kok, Kowloon, el barrio menos occidental de HK y uno de los más poblados del mundo. Tengo miedo, mucho miedo. Mucho más miedo del que pensé que alguna vez tendría. Llegué, me tomé un micro hasta el centro, tuve que caminar cuadras y cuadras hasta dar con el edificio gigante en el que unos letreros kilométricos informan todas las cosas que hay dentro. Mi hostel es el AppleInn MongKok y queda en la Unit 1301, 13/Floor, Sun Hing Building, 607 Nathan Rd, Mongkok.

Hace 15 años que soñé con llegar a China y pareciera que es cierto, pareciera que estoy en China. Pero HK no es China, es un enclave colonial británico y se nota la mixtura, la occidentalización de algo que no debería ser occidental, la impostura, la contradicción, la tensión entre lo que es y no es o entre lo que debería ser y no es. Por lo menos ahora tengo internet y puedo escribirte esto, porque encima cometí el error de reservar el hostel más barato de HK, en el que no hay wi-fi ni ventanas ni cocina ni una ducha. Además está en esta zona bizarra mezcla de Once con Constitución pero plagada de chinos. ¿Son chinos los hongkoneses? Creo que no, creo que preferirían ser cualquier cosa menos chinos.

No quiero viajar más sola. No quiero otra vez afrontar todos los desafíos de la aventura, no tengo más nafta. Por suerte en unos días llega Sofi, la chica que conocí en el foro de viajeros que dijo que se sumaba a mi mes por China y ahora está en Malasia, ya llegará. Pero mientras tanto estoy paralizada, no quiero no puedo, no sé hacer nada sin ella. Más de diez años viajando sola para ahora necesitar una niñera. Pareciera que no existe tal cosa como el progreso o la evolución y mi parálisis responde a que además de miedo, no sé que sentir. Creo que estoy demasiado emocionada por estar haciendo algo que soñé tantos años como para encima disfrutarlo.

Caminando un poco, pude ver que HK es una ciudad megalómana, llena de occidentales, con arquitectura colonial inglesa y escaleras mecánicas incrustadas en calles súper empinadas. Conocí una esquina llamada “de las estrellas” donde hay murales dedicados a de Frank Sinatra, crucé el Río de las Perlas en el ferry turístico, miré la skyline de locos de un lado y del otro, caminé por calles empinadísimas. Conocí a un brasileño que vive en Shanghái y dice que prefiere “el caos chino” a HK porque le recuerda el caos latinoamericano y a un español que me llevó a conocer el buda gigante de la Isla de Lantau. También charlé con una venezolana que se autodefine como “cantante” que dice estar embarazada de otro músico y que prefiere tener a su hijo en Chengdu (la provincia china conocida por los osos pandas) que en Caracas. ¿Será prostituta? ¿Será cantante? ¿Le pagarán los hoteles de Chengdu a cantantes internacionales? Y por suerte también conocí a un mexicano que me llevó de la mano a hacer la visa al consulado: me dieron la visa para entrar a China, casi que seguro que China entonces existe.

Pero si había algo más que podría aumentar mi confusión es que en el paseo por la rivera del río encuentro a un cantante callejero disfrazado de Wally. Sí, Wally, de “¿Dónde está Wally?”, ese que todos estamos buscando sin siquiera saber que lo estamos buscando. El primer día en China (no China) encontré a Wally.

Wally en Hong Kong

Wally en Hong Kong

No puedo más de la confusión que tengo.

Si el problema con este país es que es asquerosamente comunista con asquerosamente capitalista todo en uno no puedo con semejante contradicción.
Pero ya me lo habían advertido: el día que ganó Donald Trump estaba en Tokyo y uno de mis compañeros de cuarto resultó ser chino. Me dijo algo que nunca me voy a olvidar “Quizás el problema del capitalismo sea la democracia”.

Estoy en el país comunista más grande del mundo y lo único que me trasmite es miedo. Pero en realidad no estoy en China. HK no es china: es occidental, es colonial, es británico, es asquerosamente capitalista y consumista.

En el medio conocí a un bartender argentino que trabaja en un bar cuyos dueños son singapurenses que viajan por todo el mundo copiando “bares temáticos” y armaron uno con la argentinidad. Te venden el churrasco, el fernet, el polo, las boleadoras. Fake, todo fake salvo Alex, el bartender, al que trajeron directamente desde Buenos Aires para que se sienta la argentinitud pero vive en HK hace meses y no habla media palabra de chino.
Argentinos en HK: vaya cosa que necesito para atravesar este ataque de pánico permanente en el que me encuentro.

El bar queda en la zona más cool de la ciudad (la isla), donde no entendés si estás en Londres o Amsterdam y te sorpendés al encontrar demasiados restaurantes argentinos: Gaucho, La Pampa, Picada, Tango Central y Buenos Aires Polo Club, en el que trabaja Alex. 7th Floor LKF Tower, 33 Wyndham Street, Central, Hong Kong. Mi hostel obviamente queda lejos de ahí, mi hostel me da miedo, el barrio de mi hostel me da miedo, la gente que vive en mi hostel me da miedo. Yo adentro de ese lugar me doy miedo.

¿Cómo carajo llegué a China?
¿Por qué se me ocurrió que era buena idea venir sola?
Probablemente me haya agrandado y pensado que soy mucho más valiente de lo que realmente soy.
¿En qué radica la valentía?
¿Valiente viene de valor?
¿Qué valor tiene hacer cosas difíciles de hacer?
¿Una persona con ataques de pánico es valiente?
¿Cuánto vale ser valiente?
Siento que “valiente” es como “madura”: una especie de cumplido o piropo que en realidad no es más que una forma sutil de decir “rarita”.
¿Por qué quiero ser rarita y no hice el viaje que hacen todos por el sudeste asiático y me vine sola a China?
¿Por qué quiero venir a China hace años?
¿Cuánto vale una obsesión?
¿Cuánto vale la realidad sobre la idealización?

La noche que nos conocimos Alex me llevó con él a varios bares occidentalismos, muy lejos de la fantasía que podría tener sobre China. Conocimos a muchos de los chefs y encargados de los restaurantes argentinos en HK, bebimos, bailamos, etc. Tuve que tomarme un taxi esa noche para volver a mi barrio turbio, para eso hubo que mostrarle la dirección al taxista en el teléfono y rezar.
Llegué a Kowloon asustada y me dormí rezando.

Rezar quita el miedo, pero solo un poco.

Leticia Cappellotto

Leticia Cappellotto

Historiadora, periodista y docente. Viaja sola desde 2004. Conoce más de 20 países en 4 continentes.
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