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Venía de conocer la Copacabana boliviana al menos un poquito, y ya estaba preparada para poner un pie en la isla del sol. Esta isla no tiene más de 10 km de largo y es un punto obligado de referencia para todo viajero que visite Bolivia. La isla tiene playas de agua transparente, aunque algo frías. Todo el lugar invita a caminarlo: las ruinas y las vistas del lago lo pierden a uno en la contemplación silenciosa de la historia y de la naturaleza. Hacia allí iba continuando mi travesía.

Como ya venía siendo costumbre, me levanté temprano. Solo viajando me levanto sin quejas a las siete treinta a.m. Fui a tomarme la lancha que me llevaría a la Isla del sol, temerosa , ya que había estado lloviendo mucho en la madrugada y el barquito me parecía muy chiquito e indefenso como para navegar las enormidades del Titicaca bajo la luvia. Así que subí, no sin antes hacer un último intento de viajar en uno de los catamaranes sin lograrlo. Ya estaba en el barco luego de atravesar un angosto muellecito de tablitas que se movían cuya base era solo un tronco . Subi yo y muchos más, se lleno por dentro y por arriba entre gente y mochilas. Los asientos eran sillas de comedor de metal, unidas de alguna manera misteriosa al suelo, en dos filas de tres asientos .

No estuve mucho tiempo sentada, subí al techo para sacar fotos , hacia frío y la ronda de mates argentinos ya había empezado ( siempre encontré una ronda de mate en todo el viaje) Habremos viajado casi dos horas, dejamos atrás Copacabana, en un lento navegar que a medida que nos acercábamos a destino hacia desaparecer la ciudad bajo el reinado del Monte Calvario. Disfrutamos del lago con sus aguas transparentes, Islas sin nada más que arbustos, el horizonte donde tratábamos de adivinar a Perú. Pasamos por el lado sur de la Isla el Sol antes de llegar al lado norte, el lado sur es menos frecuentado que el norte y casi no tiene playa, pero allí alcance a ver unas hermosas embarcaciones de totoras con forma de dragón o algo parecido . En un momento, quienes estaban a cargo de la navegación dijeron que si querían que lleguemos mas rápido, que algunos de nosotros nos sentásemos adelante de la baranda del techo de la embarcación Sufrí más el frio pero lo que perdí en calor, lo gané en vista..

Llegamos a la Isla del sol, lado norte. El pueblo es pequeño y algo rudimentario, como quedado en el tiempo. Ya me estaba acostumbrando a cruzarme chanchos y burros. Casi llegando al lugar se pueden apreciar los balcones de cultivos, ingeniados para facilitar el regado. Bajé con mi gran mochila como pude y empecé a recorrer la Isla en busca de alojamiento. Me habían advertido que no era fácil encontrar donde dormir los fines de semana, y yo aún así llegué muy incautamente un sábado. Se me acercaron niños de todas las edades, hasta una nena que apenas sabia hablar balbuceando «¿buscas habitación?»

Fue una complicación conseguir habitación por viajar sola, no me querían alquilar por ejemplo una habitación para cuatro personas a mi sola y a tres extraños. La ley parecía ser que si la habitación es de cuatro tienen que entrar cuatro que se conozcan ( N de la R: este viaje fue en el 2008, cuando volví en 2011 ya había camping y muchísimas más habitaciones, no creo que sea ahora como en aquel entonces) Casi lo logro al unirme a tres franceses que luego desaparecieron, hasta que llegaron mis salvadoras: tres jóvenes rosarinas; pagamos veinte bolivianos cada una. Me fui a desayunar, pero eran las once de la mañana y no me quisieron dar nada de desayuno , me decían que ya era muy tarde, así que solo me tomé un jugo de naranja. Después, caminando, me crucé con un niño de no más de ocho años que me enseñó el lugar.

Que playa pero que frio!

El niño hizo de guía , mientras me contaba algo de su corta vida y , a mi pedido, me enseñaba palabras en Aymará. Todos hablan Aymará en la Isla del sol, muchas veces entre sí y para establecer precios, frente a los viajeros que miramos con cara de no entender. En el breve relato del niño sobre la isla llegué a entender que «cuenta la leyenda» que en la Isla del Sol nació el primer Inca. Mi niño-guía después de mucho caminar me mostró las famosas ruinas: una piedra que no sabia bien que era y otra que oficiaba de de altar de sacrificios.

Caminé una hora más, una distancia que los lugareños me habían indicado de quince minutos ( asunto que no tiene que ver con maldad sino con estado físico) hasta llegar a un laberinto inca y otro altar de sacrificios. Allí llegué, sola, con calor y subiendo, ya abandonada por mi mini-guía, parando a descansar tantas veces como el autoestima me lo permitiese . Mientras, las cholas, que me aventajaban en la carrera, en años y en peso, me dejaban bastante mal parada. Llegué por fin, me encontraba en lo más alto de la Isla. Desde ahí se ven los dos lados de la Isla del sol y se inicia un camino que atraviesa la isla de Norte a Sur, por el que intente ir. Las vistas del Titicaca desde este punto son imperdibles, no se si las fotografías pueden hacerle justicia.

Empecé el camino, para atravesar la isla pero luego de caminar una hora ( el trayecto en total según decían duraba solo tres) una señora me informó que me faltaba caminar dos horas y media más ( así que yo calcule que si ella me decía dos horas y media, para mi serian como cuatro más) Seguí la recomendación de dos transeúntes con los que hable, baje por el medio de la montaña y volví a mi punto de origen: El lado Norte. En 20 minutos había llegado al Pueblo. En el breve trayecto que hice pude admirar una playa con agua color caribe, pero con la esperable diferencia de que sería muchos grados más fría.

Me fui a almorzar, y era tarde para el restaurante así que no vendían más que omelettes. Éramos cinco hambrientos en la misma situación y todos aceptamos sin quejas el menú. Eramos una ingeniera química alemana, dos músicos, uno argentino el otro uruguayo, y otra argentina estudiante de Derecho. Mis compañeras de habitación no salieron de la pieza en todo el día. Y de noche yo era la única cansada y con ganas de dormir.

Después de que se acomodaron, dormí una siesta (el sol me quemó mucho la cara, a pesar de que llevaba gorro y manga larga ) y me levanté ya para la hora de la cena. Me comí un bife con arroz, ensalada y papas fritas, en compañía de los dos músicos que había conocido en la tarde. En el camino de la habitación al restaurante no se veía absolutamente nada. La luz artificial era poca, así que contábamos con la luna que hacía lo que podía. Un nene venia corriendo en la oscuridad y casi salto del susto . Luego un chancho gordo me salió al encuentro haciendo ruidos , me la pasaba esquivando chanchos.

En el camino me cruce a una Brasilera, que me contó de un casamiento que se festejaba a pocos metros de allí. Me tentó, pero volví a mi habitación. Tirano como es el tiempo cuando se viaja por 15 días, debía regresar al otro día a La Paz

Las vistas de la Isla del Sol
Datos útiles: 
El precio de los barcos que van desde Copacabana a la Isla del sol rondan los 15 Bs por trayecto.Reitero: conviene comprarlo desde Copacabana ida y vuelta, hay varias agencias de viaje sobre la calle principal en donde venden los boletos.

-Cuando volví en el 2011, cobraban un «ticket» para conocer las ruinas por un costo de 10 bs.

-Hay un camping sin servicios por el cual supuestamente cobran, aunque cuando fui, zafé.No sé en concepto de qué cobran, calculo que solo por ocupar una parcela de tierra, ya que no es mucho más que eso. Hay baños públicos pero por el cual también te cobran, así que «aprovisionense» de monedas, en especial si son mujeres.

-Conseguir hospedaje es fácil, basta con caminar o arribar en micro,para que varias ofertas te lleguen.

 

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