Desperté en el hotel en el que se hospedaba Tania, porque había pagado por una habitación doble y le sobraba un lugar.
La noche anterior accedimos al hotel a través de un hall majestuoso: amplios espacios de pisos brillantes, exquisita atención de los empleados, plantas estratégicas e incluso demasiada iluminación para lo que veníamos acostumbradas. La habitación estaba en uno de los últimos pisos, y el panorama iba cambiando mientras uno se adentraba más en el hotel. Los ascensores serian un indicio de la decadencia de los pisos superiores.

Tocamos el botón de nuestro piso y mientras subía solo mostraba un cuadrado conformado por puntos rojos, lo que no era ningún número que yo conozca. Confiamos en que nos llevaría a destino igual.
No había mucha gente en nuestro piso, de hecho, creo que éramos solo nosotras dos. Aproveché a asomarme en cada ventana que pude, y debajo podía verse la ciudad a media luz, casi agazapada. No puedo decir que tuve una bella vista desde las alturas. Tuve apenas una vista. La habana seguía escondiéndose de mí obstinadamente.

Las plantas y sus macetas eran más pequeñas y parecían dejadas en cada lugar por olvido. Los techos tenían agujeros grotescos en los que nadie parecía reparar. Los azulejos de algunas paredes habían sido golpeados alguna vez y perdían sus esquinas cada cierta cantidad de metros. Y yo me enamoraba de cada detalle ínfimo como ese y pensaba que historias sabría este hotel y cuanta lástima no poderlo entrevistar. Hasta ahí mi amor a los detalles del hotel en el que caí de casualidad.

Valle de Viñales

Mural de la Prehistoria

Secadero de Tabaco

Como me uní a su hospedaje, me tenté también con el tour que tomaría Tania hacia viñales. No sabía nada del lugar, pero parecía buen plan pasar el día conociendo un destino nuevo. Nos levantamos temprano y un bus pasó por nosotras. Estábamos siendo parte de una marea de turistas con sus respectivas cámaras fotográficas. Y para que renegar de ello, en este viaje fui la más insoportable de las fotógrafas también.

Más Valle de Viñales

Luego de pasar por pueblos pequeños, coloridos y aparentemente dormidos, nuestra primera parada fue el mural de la prehistoria, en la ladera del mogote de las Dos Hermanas. Este mural fue pintado por Leovigildo Gonzales, discípulo de Diego Rivera. Prefiero los murales de Rivera a decir verdad, pero hay algo por lo que volvería a este lugar: la Piña Colada del puestito aledaño. Nunca pude volver a tomar la Piña Colada en otro lugar.

El secadero de Tabaco que visitamos a continuación fue más bien una curiosidad, del proceso recuerdo muy poco. Me interesó mucho más la máquina para hacer jugo de caña que tenía un señor en otro puestito cercano. Era una máquina más alta que quien la accionaba, con un mecanismo tan simple como accionar una manivela que trituraba la caña de azúcar que empujaba desde un extremo. Y así obtenía el jugo, que no era empalagoso como uno se imaginaria, sino que tenía una dulzura sutil y natural.

Valle de viñales

Valle de Viñales

Fuimos al mirador del valle de Viñales y tuvimos una vista inmejorable de los mogotes . Se veían desde allí como mastodontes petrificados, cubiertos de hierbas. Era la primera vez que veía algo asi, interiormente esperaba que uno se levantara y echara a andar. El guía contaba que el Che Guevara, al entrenar a su tropa, les exigía que subieran y bajaran los mogotes. Al ver que todos le decían que era imposible, el fue y lo hizo primero, para demostrarles que aún siendo asmático, él podía subirlos.

De nuevo al bus y siguiente parada: La cueva del indio. Sería nuestra última parada y el lugar donde nos dejarían servidos en las tienditas de souvenirs. En ese tiempo yo sufría cierta adicción a los recuerdos de viajes, así que alegré a más de un puestero. La excursión a la cueva empezaba como una caminata por el interior, que por momentos parecía no muy aconsejable para claustrofóbicos. Pero era una caminata más bien exenta de emociones. Los guías señalaban supuestas figuras que se dibujaban en las rocas y apelaban constantemente a nuestra “imaginación” para verlas. Luego subimos a un bote para navegar las aguas verdes del interior de la cueva, hasta la salida que era lo más lindo de la experiencia. Navegar hacia la luz, atravesando una cortina de vegetación nimia, nos obligó a todos a tomar al menos una foto.

Y llegó el almuerzo un poco tardío . Lo mejor fue el postre. Un budín de pan acompañado de una especie de crema de coco que la complementaba a la perfección. Compré, si, compré muchas cosas en las tiendas de souvenirs. Incluidos instrumentos y una gigantesca bandera cubana. Ya podíamos volver al hotel.

 Cueva del Indio

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Eliana | Dar vuelta al Mundo

Soy Eliana y tengo un problema grave de curiosidad infinita. Soy autodidacta en mil cosas a medias, pero pongo todo mi corazón en viajar, escribir y emprender.
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