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———- Mensaje enviado ———-

De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com>

Fecha: 14 de diciembre de 2016, 7:41

Asunto: PEKIN ES MÁS CHINA DE LA QUE PODÉS SOPORTAR

Para: ed_cabrera@gmail.com

Llegué a Pekín.

No fue trivial: combiné dos líneas de subte en Shanghái para llegar al aeropuerto, me demoré 40 minutos de más por tener que pasar la valija por los scanners, perdí un atado nuevo de cigarrillos, me hicieron dejar 5 encendedores en el embarque, mi vuelo se demoró, me tocó estar al lado de una pareja de chinos muy supersticiosos en el avión que rezaban todo el tiempo, me tomé un taxi al que le indiqué la dirección por señas y cuando me bajé estuve 30 minutos dando vueltas sin encontrar mi hostel en un barrio de todo menos amistoso mientras se hacía de noche. Cuando finalmente anocheció y no tenía ni pálida idea de dónde iba a dormir, lloré. Sola, en Pekín, con 2 grados bajo cero, lloré. Evalué la opción de ir a un hotel carísimo que encontré a unas cuadras de donde debería haber estado mi hostel, evalué dormir en la calle, evalué el suicidio. Y lloré un poco más.

Qué linda la aventura. Qué lindo ser tan joven y pendenciera.

Después me enteré que mi problema es un problema chino generalizado: los hutongs (antiguos barrios que están siendo desplazados por construcciones modernas) están hechos para perderse en ellos. Mi hostel queda ahí, en Building 2, Suzhou Hutong, Dongcheng, Pekín, China.

Cuando finalmente me acomodé y dejé de llorar conocí a un holandés que estaba en el lobby muy, muy indignado con su visita a China. Me contó que era su último día y que odió toda su estadía. Que lo quisieron robar, secuestrar, amputar, asesinar, etc. Como no le creí me mostró lo que iba a publicar en FB sobre su viaje: “Adiós China, aparte de algunas cosas has sido un país horrible con gente horrible. Un viejo rompió una botella y me atacó, logré dejarlo K.O. antes de que sus amigos me pegaran con un palo mientras me ataban. Además fui extorsionado durante una hora por tres tipos que me pedían que les pagara 3000€ o más. Pensé que iba a morir. Amigos viajeros me dijeron que les pasaron cosas similares así que recomiendo a todo el mundo NO venir a China porque maltratan turistas. CHINA I FUCKING HATE YOU.”

Qué comienzo más auspicioso, pensé mientras leía eso y me imaginaba caminando sola por Pekín entre semejantes atracciones. Aunque me relajé un poco cuando el holandés me dijo que lo que más le gustaba de México era Cartagena. Este lugar es peligroso, OK, pero si sos un idiota todos los lugares son peligrosos, sigamos.

Cosas para hacer en Pekín: visitar la Plaza de Tiananmén​ o Plaza de la Puerta de la Paz Celestial, la Ciudad Prohibida, el Palacio de Verano, el Templo del cielo, la gran muralla china.

No hay palabras para describir la monstruosidad de todos esos hitos urbanos. Y hablo de monstruoso para seguir con la metáfora de Gramsci: “Cuando lo viejo no acaba de morir y lo nuevo no acaba de nacer, ahí aparecen los monstruos”. Pero más allá del miedo y el agotamiento, lo bueno es que Pekín es todo lo China que vine a buscar: el comunismo se siente en cada una de las estaciones de subte por donde te escanean cuando entrás y salís como si fueras a tomarte un avión, en la entrada de todos los monumentos donde hacen lo mismo, en las calles llenas de fuerzas del orden, en la gente, etc. La ciudad es tirando a gris, a pobre, a lo que uno entendería que debe ser el comunismo (austero, solemne, aburrido) y sumamente arcaica. Sí hay edificios modernos, sí hay rascacielos, sí hay tiendas de lujo y mucho consumismo, pero definitivamente se huele un tufillo soviético como el que uno imagina que se va a encontrar cuando viene a la capital política del comunismo más grande del mundo.

Al tercer día de ver hordas de pekineses con barbijos advierto que hay demasiada policía (¿O serán militares? ¿Cómo distinguirlos?) en las calles. En el hostel me informan que hay “Alerta roja por contaminación en Pekín y otras 22 ciudades” por lo que se limita el tráfico, se controla la industria, se paralizan las obras y se cierran las escuelas por lo menos hasta la semana que viene.

Conclusión: soledad, depresión, ataques de pánico, pena capital, alimentación limitada, frío, sensación de alienación, miedo y alerta nacional por smog.  ¿Tengo que aclararte por qué hablo de monstruos?

Para rematar, un miembro del PCCh (o por lo menos un señor que dijo ser miembro del PCCh) se apareció en mi hostel y me dijo, textuales palabras: «¿Pero vos te creíste lo del comunismo? El comunismo es una idea, no es la realidad». Bien. Vine a China para eso. Vine a China para que un miembro del partido comunista más grande del mundo, con más de 86 millones de miembros, me diga que la parte “comunista” de “partido comunista” es joda.

Fenómeno. El contradictoriómetro explota y siento el ruido de mi cerebro romperse. Fenómeno.

En estos primeros días acá lloré mucho, pero pude bañarme, salir del hostel y visitar las cosas que quería visitar, entre ellas un Buda gigante en el Palacio de verano. También pude meditar un poco. Le pedí a Buda que me haga salir viva de China. Fue especialmente gracioso ese paseo porque cuando llegué vi un señor que me miraba con cara rara a la entrada. ¿Cómo distingo si un chino me está siguiendo? Son todos realmente iguales. Me fijé en sus zapatillas y lo volví a ver varias veces más en el parque pero por suerte no pasó nada. Miedo, otra vez.

Estoy en China, me repito, creo que es verdad, me digo, te digo, cuando tengo miedo, estoy muy cerca de escalar la muralla china, me cuento, te cuento, una de las 7 maravillas del mundo moderno, dale, dale, estás muy cerca de todo lo que soñaste, repito, repito y eso no hace más que ahondar lo que ya venía conmigo desde que llegué: el miedo. Pero por lo menos logré identificar varios miedos al mismo tiempo y concluí que la mitad del tiempo tengo miedo de perder la vida (porque estoy sola y vulnerable como nunca antes) y la otra mitad tengo miedo de ganar la vida (en el sentido de concretar un deseo que tuve tanto tiempo). Creo que es por eso que tengo miedo de estar muerta sin darme cuenta, de estar viva sin darme cuenta, de estar viva y muerta como el gato del experimento cuántico y de no poder contarle nunca a nadie que vine a China porque no voy a poder salir nunca viva de China. No sé cómo cotizarán en el cielo mis aventuras en China, debe haber una barbaridad de chinos muertos. Tampoco sé si voy a ir al cielo, en fin.

Aquí estoy. China no existe, me decía Marco Denevi en 2005 y aunque muchos tardé años logré venir para refutarlo. Pero no puedo. China no existe del todo. Es una promesa, es una alerta, una amenaza, una potencialidad. Por ahora la China que existe tiene lo peor del capitalismo y lo peor del comunismo. Es la civilización más antigua de la que se tenga registro y la potencia imperialista de este siglo que recién comienza porque es el pasado y el futuro, lo blanco y lo negro, el ying y el yang en su más pura y absoluta expresión. Por ahora la China que existe es un lugar horrible en el que la gente escupe, grita y fuma sin parar, hace frío, hay smog, los edificios son grises, los chinos hablan chino y comen cosas que no sé que son y probablemente sean perro.

Aunque no creo que piense en perros cuando piense en China, porque no logré ver dónde o cómo lo comían y sigo alimentándome a base fideos, arroz y algo parecido al pollo que compro en los kioscos abiertos las 24 hs. Cuando piense en China voy a pensar en gatos, especialmente el gato de Schordinger, porque todo lo que pienso sobre China tiene el mismo sentido caótico que me genera la física cuántica. Por ejemplo, buscando el cuento “El peligro amarillo” de Denevi que te mandé en el otro mail, encontré este relato del mismo autor, cuyo escueto argumento tiene mucho que ver con los muertos vivos:

“El emperador de China”: Cuando el emperador Wu Ti murió en su vasto lecho, en lo más profundo del palacio imperial, nadie se dio cuenta. Todos estaban demasiado ocupados en obedecer sus órdenes. El único que lo supo fue Wang Mang, el primer ministro, hombre ambicioso que aspiraba al trono. No dijo nada y ocultó el cadáver. Transcurrió un año de increíble prosperidad para el imperio. Hasta que, por fin, Wang Mang mostró al pueblo el esqueleto pelado, del difunto emperador. ¿Veis? -dijo –Durante un año un muerto se sentó en el trono. Y quien realmente gobernó fui yo. Merezco ser el emperador. El pueblo, complacido, lo sentó en el trono y luego lo mató, para que fuese tan perfecto como su predecesor y la prosperidad del imperio continuase.

Creo que el cuento habla por sí solo, pero por las dudas lo escribo: hasta que China no demuestre ser la potencia que dicen que es, seguirá siendo un país atrasado, hasta que yo no decida que estás muerto, vos no estás muerto y hasta que yo no salga viva de China, nunca voy a poder decir que vine a China.

Mientras tanto, ya reservé la excursión a la muralla y voy en unos días, deséame suerte.

 

 

Leticia Cappellotto