Apenas había pasado medio día y cada paso que daba en Baracoa, me regalaba un detalle curioso. Fuimos a caminar a lo largo del El malecón. Estaba desgastado por las olas, y eso le daba un aspecto maltrecho. Como alguien que vive una mala vida, seguramente aparentaba más años de los que realmente tenía. Era hipnotizante contar pegar las olas. El agua pegaba con tanta fuerza que saltaba el paredón y mojaba las veredas y la calle, casi llegando a las casas ubicadas en frente. Al final del camino, un pequeño puesto de comida callejera, colmando de música la esquina y sirviendo de punto de encuentro para los no-tan-adolescentes del barrio. Rodeando al Museo Municipal de Baracoa estaba el Fuerte Matachin , construido en 1802 , y hasta el día de hoy defendiendo a la ciudad apuntando amenazante sus cañones hacia el mar.

Bajamos a la Playa de miel y caminamos entre los restos de algunas construcciones que sufrieron el paso del último huracán. No hubo perdón de la naturaleza para aquellas construcciones: madera o cemento por igual, todos sufrieron el azote de las tormentas. Luego nos contarían que el gobierno se ocupo de relevar los daños y en pocos meses reconstruyeron en mejores condiciones las viviendas de quienes la habían perdido.

Artesano en Baracoa

En este punto del recorrido vino a acompañarnos un artesano. Vendía collares hechos con caracoles y semillas del lugar. Y yo tengo poca resistencia a comprarme artesanías, así que nos sentamos a charlar un rato con él y nos mostró su mercadería. Nos contó que es ilegal vender, como él lo hace, en la playa. Así que tenía que andar un poco escondiéndose para hacerlo. Al ratito llego Jose, un chico que le cedía algunas de sus artesanías para que las vendiera. Nos sentamos los cuatro a un lado de un estadio derruido y compartimos un poco de nuestras historias con el otro.
Regresamos con Tania a nuestra casa, preguntamos donde había un “paladar” (un restaurante que se paga en pesos cubanos) y fuimos a comer allí. Por poco más de cinco cucs comimos entrada , plato principal y bebida. Todo muy rico y abundante. Luego iríamos a mi lugar favorito de cada lugar: La Casa de la música.

La Casa de la Música de Baracoa fue la más linda de todas las que concurrimos. Era un espacio pequeño, con apenas una barra y sillas de madera desiguales. Un pequeño escalón separaba a los músicos instalándolos un paso más arriba. Desde allí nos regalaron clásicos de la trova cubana, mucha salsa para bailar y pura simpatía cubana para animar la noche. Disfrute mucho cada noche en ese local. La gente se amontonaba en el reducido espacio para dejarse llevar por el ritmo
Al parecer, los días de semana , las casas de la música se llenan de turistas ya que el cubano promedio al otro dia debia trabajar.

La música era variada. AL principio de la noche se tocaba más Trova que otra cosa. Para luego dar lugar a los géneros bailables. Escuchamos clásicos de todo tipo. No hubo una canción que no me gustara, sin exagerar. No falte ni una noche a las veladas en y ya nos conocíamos entre los asistentes. Salimos de ahí y habíamos quedado con Jose y sus amigos en ir a una disco del lugar. Había un show de travestis , baile y mojitos muy baratos pagando solo una entrada de 1 cuc. El lugar parecía un club social de barrio como los que se podían ver en alguna época en Buenos Aires, pero en una terraza. Luego de bailar un buen rato y animadas por el frío, decidimos irnos a dormir porque al otro día Jose nos llevaría a una cascada detrás del Yunque.

Pero una vez que salimos del lugar y cruzamos la calle para volver a nuestro hospedaje, vimos que en la casa de la música se había amontonado un grupo de personas. Había terminado el baile allí también y estaban improvisando con sus instrumentos en la vereda del lugar. Cuando nos acercamos , ya que conocíamos a los músicos, uno de los asistentes asiduos se puso a improvisar coplas sobre nuestra visita a Baracoa, mientras una mujer hacia los coros y los músicos acompañaban en un ineludible sonido Cubano. Aquí si que una se siente bienvenida.

Debo confesar algo. Al principio me costó relacionarme con la gente ya que veníamos de otros puntos demasiado turísticos donde el asedio era insoportable. Aquí apenas llegábamos casi que no dejábamos que nos hablaran que ya le decíamos “no quiero, no compro, no gracias”. Pero de todos los lugares donde fuimos este fue el menos pesado en ese sentido . Y todavía nos faltaba descubrir un montón.

Malecón en Baracoa