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No me cansaba de recorrer Baracoa. Cuando planeaba el viaje lo último que pensaba era que pasaría tanto tiempo en un lugar tan pequeño. Pero no era solo recorrer, era el clima, la gente, la tranquilidad y los increíbles paisajes. Todos los días tenía una excusa nueva para quedarme un poco más. La excusa de hoy era visitar el Museo Municipal del Fuerte Matachin.

Nos agasajamos como todas las mañanas con un rico desayuno por parte de nuestros anfitriones. Me emocionaba de ver el vaso rosado con pequeñas semillitas de esa fruta que nunca encontraría en Buenos Aires. Nos pusimos mochila al hombro y a caminar las pocas cuadras hasta el Museo, bien predispuestas a sumar cualquier plan que surgiera en el camino.

El museo Municipal del Fuerte Matachín se encuentra en uno de los extremos de Baracoa, frente a la estatua que inmortaliza un Colon mirando al horizonte y casi llegando a la playa. Sus paredes exteriores fueron el fuerte que protegió Baracoa desde el 1800. Conocimos en él un poco de la historia del lugar: la colonial y la más reciente, principalmente a través de objetos y vitrinas con diarios y documentación antigua.

Salimos para seguir descubriendo más sobre este pueblo. Caminamos por la playa de arenas grises y nos detuvimos a descansar un rato. Entonces apareció Jose, reclamándonos porque hacía mucho tiempo no lo veíamos. Y traía un plan para el resto de la tarde: iríamos a conocer Playa Blanca. 

Seguimos caminando hacia el sur, donde la vegetación comenzaba a espesarse. Cruzamos el rio a través de un puente que alguna vez supo ser para autos, pero que el abandono actual apenas lo hacía transitable para nosotros. Un vecino pescaba tanza en mano, sentado en la cámara de un neumático y con ningún signo de estar urgido por nada. Como tampoco nosotros, a decir verdad. Yo arrastraba mis pies para jugar con la tierra rojiza manchando mis zapatillas. Tocaba las plantas y los árboles. Cuando me aburría, molestaba a José con una rama hasta que se cansó y me corrió por pocos metros, porque cuando me rio no puedo correr mucho. No teníamos ni idea del lugar al que íbamos, no lo habíamos buscado en internet, ni antes ni ahora, íbamos a que nos sorprenda una vez más este rinconcito cubano, que no nos había fallado ni una vez.

Llegamos al lugar, una hermosa playa que al final no supe nunca si era la playa blanca, pero era hermosa, y valía la caminata. Allí nos sentamos sólo a escuchar el mar. Jose tenía muchas hipótesis sobre el mar al haber vivido siempre de frente al malecón. Contaba las veces que rompían las olas de a siete tiempos en una melodía que sólo él se representaba en un dialogo en el que yo me quedaba fuera.


Me senté de espaldas a él y él reviso su obra de días antes: quería asegurarse de que la rasta que me había hecho en el Yunque permaneciera allí. Descubrí su tatuaje del Che en el hombro ( ¡qué hombre, y qué hombro!). En el momento no lo sabía, pero con Jose tuvimos unas de esas conexiones eternas que se logran viajando, con gente que nunca viste antes, en poco tiempo y sin mucho de por medio. Una de las razones por las que tanto me gusta viajar. Un puente como los que nos contaba Dolina.

Volvimos en un bote atestado de gente, siendo las únicas turistas y sin sufrir ningún ofrecimiento de ninguna venta. Antes de llegar a la ciudad pasamos a comprar unos dulces de cacao y coco increíbles, que no pude resistir comérmelos casi inmediatamente, aunque guardé uno para mi familia en La habana.

El tiempo se nos iba acortando, y estábamos en el extremo opuesto al aeropuerto desde donde cada una volvería a su continente. Que difícil sería dejar atrás Baracoa. Si hubiese comenzado el viaje aquí, no hubiera conocido nada más en Cuba.

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Eliana | Dar vuelta al Mundo

Soy Eliana y tengo un problema grave de curiosidad infinita. Soy autodidacta en mil cosas a medias, pero pongo todo mi corazón en viajar, escribir y emprender.
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