Nuestra visita al Desierto de Merzouga venia perfilandose bien. Pasaríamos por uno de los Socos más grandes , un lugar donde históricamente se dieron los intercambios comerciales más numerosos entre las regiones aledañas .

Entramos al lugar y nos bastaron cinco minutos para sabernos sapos de otro pozo. No se nos acercaban para vendernos cosas, algunos vendedores apenas nos convocaban desde la comodidad de sus asientos en cada puesto. Pero otros nos observaban con la dureza de sus ojos negros como aceitunas.

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Entrabamos y salíamos de distintos recintos, en algunos vendían especias, verduras y frutas. En otros negociaban el precio del ganado en conversaciones que parecían discusiones más que charlas. En otra cuadra había una especie de estacionamiento de burros con sus patitas atadas, cocinándose un poco bajo el sol. Todo el pueblo parecía haberse quedado en algún tiempo remoto. Compramos unos turbantes en algún puesto cercano y retomamos el camino.
Nos detuvimos a almorzar en un pueblo donde se habían asentado esclavos provenientes de otros países africanos Allí comimos una especie de pizza Bereber , en realidad algo parecido a un pan gigante, relleno de almendras, cebolla y carne, que se cocina enterrada en la tierra y eso es lo que significa su nombre en Bereber. “enterrada”. El grupo de Música Gnawa del lugar completó nuestra estadía. Disfrutamos del sonido de mi nuevo instrumento favorito, y no pude resistirme a cerrar los ojos y dejarme llevar por la melodía, al menos hasta que su hipnotizante sonido derivó en algo más bailable y todos fuimos invitados al centro del salón a bailar. Cuentan que las canciones que cantaban originalmente eran tristes, relataban su vida como esclavos. Y los instrumentos en sus manos, que suenan metálicos, son la versión moderna del ruido que hacían las cadenas atadas a sus muñecas, con las cuales comenzaron a componer esta música en el pasado.

El sol había comenzado a caer, pero aun debíamos llegar a las dunas. Dejamos nuestros bolsos en el Riad cercano y tomamos solo lo necesario después de bañarnos. Yo, que no me había comprado el pañuelo para la cabeza cuando todos lo hicieron, recibí un típico turbante Touareg de regalo de un marroquí Amigo. Para esa altura del viaje, habíamos visto al desierto tornar de algunos cuantos colores. El de ahora era negruzco, por ser de origen volcánico. Y Contrastando con el, las dunas del Desierto de Merzouga, que alguna vez imaginé amarillas, brincaban en colores anaranjados en una melodía disonante con lo grisáceo del resto del paisaje.

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Eliana | Dar vuelta al Mundo

Soy Eliana y tengo un problema grave de curiosidad infinita. Soy autodidacta en mil cosas a medias, pero pongo todo mi corazón en viajar, escribir y emprender.
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