Nuestro itinerario inicial se había ido al demonio. Tania había llegado a Cuba antes que yo y había tenido tiempo de recorrer un poco La Habana. No era mi caso. Tenía un día para encontrarme con La Habana y un día para conocer Viñales.

Apenas bajamos del micro, arrojamos nuestras mochilas en el hotel donde estaba Tania y salimos prácticamente corriendo al Museo de la Revolución. Era un pilar de mi viaje, pero no tuve suerte: ya habían cerrado. El paseo en guagua no era tan drástico como nos habían comentado , y Tania se manejaba muy bien con el transporte público en la ciudad.

Me” resigné” a tener que volver a Cuba para visitar el Museo, era una buena excusa, por algún motivo siempre dejo algo importante por hacer en cada ciudad a la que voy. Decidimos un plan alternativo. Nos fuimos a caminar por el centro.

Visitamos en primer lugar la habitación en la que vivió Ernest Hemingway : habitación 511 del Hotel Ambos Mundos, definida por el mismo como “un buen lugar para escribir”. Solo porque él lo dijo, merecía la visita. No nos detuvimos a preguntar si costaba algo subir a conocerla, solo subimos como si fuéramos huéspedes y misión cumplida.

Seguimos caminando por la ciudad y nos detuvimos ante la oferta de dos cubanas para hacernos trenzas en toda la cabeza. Recuerdo que me costó carísimo y que tardaron un par de horas, pero fue divertido y tenía muchas ganas de hacerlo. Terminamos las dos con la cabeza trenzada del mismo modo, que a decir verdad no me quedaba tan bonito pero me encantaba.

Entre trenza y trenza ( tengo mucho pelo en la cabeza) se nos hizo de noche, así que solo seguimos viendo fachadas, como la de la catedral de La Habana, otro imperdible clásico de la capital. Vueltita y foto en el capitolio, mientras la ciudad se iba oscureciendo aún más que cualquier otra ciudad en la que había estado, pero sin que eso fuera motivo de temores, extrañamente para dos visitantes como nosotras.

Luego decidimos asistir a la ceremonia de los cañonazos, que quedaba algo lejos, era algo caro y al final a decir verdad no valía tanto la pena. Un desfile, y un museo. Un par de cañonazos al aire a las nueve de la noche y eso era todo. La ceremonia de cierre perfecta para sellar un paseo super turístico por la ciudad. Para aprovechar el viaje hasta allá comimos algo rico y tomamos un mojito. Era un buen modo de irnos despidiendo por adelantado de esta ciudad a la que casi ni conocí. Estaba llenando todos los casilleros de la visita express del turista, lo sabía. Definitivamente debía reencontrame con La Habana.

Al otro día tomaríamos una excursión a Viñales durante todo el día, por lo que este fue el único vistazo que le di a La Habana.

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Eliana | Dar vuelta al Mundo

Soy Eliana y tengo un problema grave de curiosidad infinita. Soy autodidacta en mil cosas a medias, pero pongo todo mi corazón en viajar, escribir y emprender.
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