Subimos a los dromedarios, que a diferencia de los camellos, solo tienen una joroba. Cuando se paran con uno encima, primero levantan sus patas traseras y te dejan luchando por tu equilibrio inclinándote hacia adelante. Luego levantan sus patas delanteras y y al menos yo, que soy bastante petisa, quedo lista para la travesía en una altura considerable.

Desierto de Merzouga

Desierto de Merzouga

Nos internamos en hilera dentro de las dunas de la mano de un guía. A paso lento ( muy lento) avanzábamos hacia la arena dejando atrás el color gris del desierto de arena volcánica para internarnos en un anaranjado ondulante de semicircunferencias perfectas. El movimiento del dromedario lo mece a uno hacia atrás y hacia adelante, y su lentitud al caminar permite disfrutar mejor y por más tiempo del paisaje en el que paso a paso nos internamos.
Ya empezaba a caer la tarde pero el sol rebotaba aún fuertemente en las dunas haciéndonos entrecerrar los ojos. En la arena sólo huellas de camélidos, toda la superficie permanecía inmaculada y el menor detalle que perturbara las líneas perfectas de las dunas, era corregido por el viento en minutos nomás, dejando todo en perfecta armonía nuevamente. Parecía que cada grano de arena encajara perfectamente en su lugar designado. Nos detuvimos y trepamos una duna para ver como el sol era engullido se entregaba hasta dentro de unas horas, cuando reaparecería para traer más calor.

Esta noche nuestro hotel seria uno de mil estrellas. Dormiríamos dentro de Haimas en un oasis con frazadas apenas nos aislaban de la caliente arena del Merzouga, como los antiguos nómadas lo hicieran muchos años atrás. En la mesa de la Haima que oficiaba de comedor, el Tajin humeante apenas era iluminado por las velas.

Antes de dormir, una sesión de tambores interrumpió el silencio de la noche. Sentados en ronda, disfrutamos de la música de tres tambores bajo un cielo sin luna, pero con más estrellas que la suma de todas las que vi en mi vida.

Alguien tuvo la idea de subir a las dunas, ya era completamente de noche. Y alguien luego subió la apuesta proponiendo subir la más alta. Yo quede atrás (muy), pero aunque tardara un día entero quería llegar arriba de todo. En el camino me encontré un par de desertores, como el alemán que me decía que faltaba mucho y que él prefería bajar. Le dije que el que abandona no tiene premio. Me dijo que no quería premio, que solo quería agua.

Por cada paso que daba en la arena blanda. Bajaba tres. Y en la arena dura, debía primero hacer un agujero con mis manos para luego meter el pie en el. Y así avanzaba , muy de a poco. Pero avanzaba. Había dejado de fumar justo antes de salir de viaje y recordaba en este momento porque lo había hecho. Viajar con los pulmones llenos de humo me impide disfrutar de estas hazañas.
Me senté a descansar porque ya había perdido todo el aliento. Mi objetivo era llegar arriba de antes de que bajen lo que ya habían subido. Pero había pasado ya bastante tiempo y la cima aunque parecía estar solo a un par de metros, parecía también alejárseme por más que siguiera intentándolo. Llegó el momento en el que bajaron quienes habían subido más rápido, las dos chicas siguieron camino hacia abajo y Abdul y el chico catalán me decían que faltaba algo para subir, que mejor bajar y subir al otro día para ver el amanecer. Yo les dije que me había prometido llegar hasta arriba, y que podían acompañarme, o esperarme. Empecé a subir de nuevo, pero me costaba mucho. El catalán había dicho que le subiría de nuevo conmigo. Pero el que subió más rápido fue Abdul .Cuando terminé de subir los 10 metros que me parecía había hasta la cima, del otro lado aparecieron más dunas y más alturas. Y cuando me quería rendir Abdul me tomó la mano y me hizo subir hasta la cima. Cuando pude parar a recuperar el aire, sentía como si el pecho se me hubiera abierto al medio, como si hubiera aprendido a respirar de nuevo. Y aunque no había luna, se veían las estrellas más cerca, más numerosas y brillantes. O quizás sólo era que me había costado tanto llegar que las veía más lindas.
Nos tomamos una foto triunfal, ya que habíamos sido los únicos tres que llegamos hasta la cima. En la foto no salimos muy agraciados, pero salió muy graciosa, no queríamos tomar otra porque reflejaba el momento a la perfección.

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Terminé bajando haciendo culopatin sin patín ( lo que me valió un rayón en el muslo) y tardé menos de un cuarto del tiempo que tardé en subir . Volvimos y faltaban solo dos horas para el amanecer. No iba a subir nuevamente, ya había alcanzado la cima como yo quería así que faltaría a esa cita. Desde la base de la duna también pude disfrutar de uno de esos amaneceres que no podría olvidar aunque quisiera.

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Eliana | Dar vuelta al Mundo

Soy Eliana y tengo un problema grave de curiosidad infinita. Soy autodidacta en mil cosas a medias, pero pongo todo mi corazón en viajar, escribir y emprender.
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