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Era nuestro tercer día en trinidad y yo me confesaba totalmente atrapada por la ciudad.

Trinidad parece la escenografía de una película ambientada en que se yo que tiempos. Las casas bajas y coloridas, algunas combinando puertas más modernas, otros con enormes puertas de madera que contienen otra más pequeña. Era lindo detenerse a mirar las aldabas de metal, el empedrado o las rejas curvilíneas custodiando las ventanas.

Acordamos con un hombre que se acercó a la casa particular para irnos de excursión en caballo a un parque cercano. Confiábamos en que fuera de confianza y que nos saldría más barato que contratando en alguna agencia oficial. Guiados por él, caminamos hasta alejarnos de las zonas más turísticas. Llegamos hasta un lugar donde un señor tenia caballos, nos dieron uno a cada una (éramos tres, se había sumado Meta a nuestra expedición) y empezamos a andar.

El caballo que me tocó en suerte era un tanto loquillo, así que trotaba bastante más fuerte que lo que me permitía controlarlo, de primeras ya nos llevamos un poco mal. Para colmo, el “baqueano” disfrutaba pegándole en el traste para que ande aún más rápido. De a ratos también se paraba y no quería continuar, así que me tenía bastante a su merced.

Íbamos supuestamente en camino a ver un salto de agua ubicado en algún sendero perdido del valle de los ingenios. Las bastante respetables cornisas por las que transitábamos montadas a nuestros caballos me hicieron dudar un poco de mis ganas de continuar. Pero como nadie muere en víspera, intentaba no pensar en mi posible deceso. En una parte del trayecto cruzamos unas vías y un señor que venía en sentido contrario traía dos cebúes. Le pregunte como se llamaban, para recordar el nombre de aquella especie tan parecida a la vaca pero que no era una. El me contesto que se llamaban “ Juan y Abedulio” que no era la respuesta que buscaba pero me resulto muy graciosa.

Luego de transitar un rato las cornisas, cruzar vías de tren, internarnos en el valle cada vez más profundamente, nos dijeron que debíamos dejar los caballos y continuar caminando unos veinte minutos más. Eso hicimos, por bastante más tiempo que veinte minutos hasta que llegamos al tan esperado salto. Que en realidad no era un salto porque estaba seco. Era más bien un pozo de agua celeste sin cascada y un tanto abandonado. Un poco desilusionadas (ya nos imaginábamos bañándonos ahí) nos sentamos a descansar pero volvimos en seguida. La vuelta se me hizo más rápida, deje que el caballo defina el ritmo ganándome así dos días de caminar adolorida de tanto trote mal llevado.

Ya empezaba a anochecer cuando llegamos a nuestro hospedaje. Quisiera detenerme un momento en este punto. En una charla de amigos, una chica que había viajado a Cuba pero a hoteles All Inclusive me decía que ella no quería ir “ a la aventura a dormir en casa de Cubanos , ducharse con agua fría y compartir el cuarto con 4 personas más” Quiero aclarar que en ningún momento compartimos el cuarto, de hecho no vi nada parecido a hostels, al menos en el 2009 que fue el año en el que viaje, y tampoco nos duchábamos con agua fría en ninguna de las casas que nos hospedamos. No sé si existe ese imaginario alrededor de las casas particulares, pero yo dormí muy bien, comí comida riquísima preparada por mis anfitriones y me sentí como en mi casa en cada lugar al que fui. Y ni siquiera era caro, pagábamos 15 dólares entre las dos por una habitación enorme con desayuno incluido. Hay opciones más baratas y también más ilegales, pero ya les hablare en otra ocasión de ello.

Al llegar, y para no desaprovechar ni un minuto, me hice una escapada a un museo cercano: el Museo de la lucha contra los bandidos. Este museo en particular exhibe elementos utilizados por los activistas contrarevolucionarios .Estos museos me resultaban interesantísimos: mi viaje se planeó basado en la curiosidad y admiración que me provocaba la Revolución Cubana. Así que me la pasé husmeando entre objetos, testimonios, fotografías y demás. Pero aquí hubo algo que me provocó un poquito de estupor: el afiche de un niño armado con la leyenda “Mi montaña jamás será tomada”. Glup.

Corriendo para aprovechar los ùltimos minutos que me quedaban antes de perder el bus hacia Santiago de Cuba, visite el Palacio del Conde Brunet,devenido en Museo Romántico, donde se exhibe una muestra permanente de muebles y adornos pertenecientes a la Burguesía de Trinidad de los años 1800. Poco tiempo, muchas fotos y regreso a armar el bolso para seguir nuestro recorrido.

Cuando fuimos  a sacar el pasaje de autobús hacia nuestro próximo destino en la agencia de viajes oficial, nos enteramos que nunca nos llevaron a el Parque Nacional el Cubano como dijeron que lo harían, y que nos hubiera salido muchísimo más barato ( la mitad) contratar oficialmente. Suerte (mala) de principiantes!


Pueden ver todas las fotos de este viaje en el Album de fotos de Cuba en Facebook.


Datos útiles 
Hospedaje: Casas particulares, totalmente recomendadas. Cuando lleguen a cada lugar seguramente se las ofreceran y es mas facil conseguir mejores precios una vez llegados. Si quieren màs seguridad, en internet ya hay muchas páginas donde las ofrecen. Nosotras pagamos  15 Cucs y menos por una habitación doble con desayuno incluido.
Transporte: Viazul es lo más confiable en cuanto a horarios. Pero ay opciones más aventureras si cuentan con más tiempo que yo 🙂
Excursiones:Mejor contratar en las agencias oficiales!
Museo Romàntico: Calle Fernando Hernández Echemendía # 52, Trinidad
Museo de la lucha contra bandidos:Calle del Cristo esquina a Boca, Trinidad
Oficina de Viazul en Trinidad: 
Pirojinal No. 224
Teléf. 53 (41) 92660, 92404
Santi Spiritus
Carretera Central km 388 Esq. B, Maso
Teléf. 53 (041) 26513 ext. 113

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Eliana | Dar vuelta al Mundo

Soy Eliana y tengo un problema grave de curiosidad infinita. Soy autodidacta en mil cosas a medias, pero pongo todo mi corazón en viajar, escribir y emprender.
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