Anoche volvía de un mercado en un barrio de Kuala Lumpur , a tres cuadras del hostel donde estoy trabajando. Feliz por lo barato que había pagado una calabaza enorme. Esa felicidad de las cosas simples al viajar.

Una moto frenó a mi lado, en la oscuridad de esa noche y de su piel casi que no reconocí los rasgos de ese tipo que se paró a hablarme. En un mal inglés y acompañando mi caminata cada vez más acelerada balbuceó algún piropo o eso creo y sus intenciones de ir a tomar algo/volver a verme.

Con el corazón en la boca, amable pero cortante le agradecí “pero me voy mañana”.

El couchsurfer con más referencias de Marruecos insistía en Masajes y se paseó en calzones delante mío como quien no quiere la cosa cuando ya no era una opción irme de su casa. Logró que durmiera con un ojo abierto por miedo a que insistiera en sus intenciones. Huí apenas ví el primer rayo del sol.

Una vez camino a Bariloche , decidimos seguir haciendo dedo de noche mi compañero y yo hasta que nos levantó un camión. Después de un rato de hablar mi acompañante se durmió y me tocó a mí seguir la charla con el conductor.

El tipo hacía que buscaba no se qué justo a mi lado y me rozaba la pierna mientras manejaba. Mi cara de incomodidad era evidente y le pregunté si le podía alcanzar algo para que dejara de hacerlo, pero insistía sin dar mayores explicaciones. Estábamos atravesando la ruta del desierto de noche: 200 km de nada en los que ni señal del teléfono tenía.

Me recosté en la cama, atrás para alejarme intentado convencerme de que “eran cosas mias”. El siguió manejando y a los cinco minutos estaba estirando el brazo hacia mi lado para seguir haciendo lo mismo incluso mientras conducía.
Grité el nombre de mi compañero y se despertó. El corazón me palpitaba a mil y sólo atiné a preguntarle una estupidez por miedo al conductor, pero logrando que deje de hacer lo que fuera que estaba intentando hacer.

¿Conocen ese momento de ansiedad y sonrisa incómoda, en el que estas intentando que el hijo de puta que se sobrepasa con vos “no se ofenda” por temor a lo peor?

El problema no es viajar sola, o que los medios insinúen que viajas sola cuando no hay un hombre que te acompaña. El problema son esos hombres que se creen dueños de hacer lo que quieran con nosotras.

La consecuencia es tener que contestar amablemente, por miedo a lo que puedan llegar a hacernos. Y que a veces ni eso mismo baste y terminar embaladas y desechadas como el pedazo de basura que se creen que somos si no cedemos a sus intenciones.

No me quiero ni detener en el argumento retrograda de que vestían , si eran confiadas o cualquier otro argumento estúpido que le eche la culpa a las dos chicas que murieron en Ecuador. Y esto no se trata de si eran mochileras, ilusas, trolas o cualquier otro desvío del que intenten seguir hablando los comentaristas online.

Esto se trata de como en el discurso apoyamos la igualdad pero en el día a día una mina que no acepta la grosería de tu piropo o tus insinuaciones es una “histérica” o “le vino”.

Esto se trata de como criamos a las nenas en la delicadeza de necesitar la protección de un hombre, y en como envalentonamos a los hombres a que hagan lo que se les cante porque no hay castigo justo para ellos , sino miren cuánto dura un violador en la cárcel y cuanta reincidencia hay.

El caso de Marina y María me afectó no por ser mochileras, porque la verdad que toda la historia que se armaron en los medios me pareció más morbo que otra cosa, eran dos chicas de vacaciones JUNTAS ( la discusión de porque decían que viajaban solas si estaban juntas es algo en lo que tampoco me quiero detener) y las mismas familias se encargaron de desmentir muchas de las cosas que decían los medios.

Lo que me dolió y que sigo sin poder digerir es imaginármelas en los momentos previos, en ese momento de sonrisa incómoda inicial , palabras lindas para no hacer enojar “al hombre” y resistencia física posterior hasta ser asesinada. No es justo que alguien haga con vos una cosa así. No hay derecho de que no puedas decir que no , de tener miedo por ser mujer.

No discutamos sobre si viajar sola es peligroso o no, o si tal ciudad es más peligrosa que tal otra. No nos quedemos en la historia que vende en el diario, no hace falta ir tan lejos para entender que hay cosas que están mal, en nuestra cabeza están mal no en Montañitas, Malasya o el Congo.

Lo que le pasó a estas chicas es el extremo de ese poder que se ejerce en diferentes dosis sobre nosotras como mujeres. Y las dos caras de la moneda son ese empoderamiento vicioso del hombre al respecto y esa estúpida cuestión de género que nos pone en el lugar de la sonrisa amable.

Si tendrían que haber hecho tal o cual cosa ( lo mismo aplica para mi, en las tres situaciones que describí) no es el tema a discutir. La verdad del asunto es que va a depender de la voluntad de tu victimario de turno y de hasta donde llegue sus ganas de avanzarte.

Y esto va a ser así mientras sigamos pensando en “que ropa tenían puesta” y las leyes sigan sin protegernos.

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