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———- Mensaje enviado ———-

De: Leticia Cappellotto <leti.cappe@gmail.com>

Fecha: 24 de diciembre de 2016, 1:40

Asunto: PEKIN ES MÁS CHINA DE LA QUE PODÉS SOPORTAR (2)

Para: ed_cabrera@gmail.com

 

Pisé la muralla china. Estuve emocionada todo el trayecto, lloré, me agoté, hablé con vos.

No sé qué contarte sobre la travesía: me tomé un subte desde el hostel hasta un punto equis del mapa en Pekín, me subí a un micro, me subí a la muralla china, la caminé en una especie de trance místico haciéndome todas las preguntas posibles, la escalé más de tres horas con las manos, con las piernas, con la mente y el espíritu y sentí que toda mi vida anterior estaba enterrada ahí.

La tensión entre lo viejo y lo nuevo, entre el pasado y el futuro, otra vez, estalla en mi cabeza. Llegué a la conclusión superadora de que viajar es estar en crisis permanente con lo nuevo y lo viejo. Y que en lo nuevo siempre se resignifica lo viejo y te hace revalorar aquello que dejás atrás como lo conocido y familiar mientras que lo desconocido puede ser estimulante o amenazante pero siempre adelante, siempre en el futuro. El problema es que lo viajeros creemos que lo nuevo siempre será mejor que lo viejo solo por ser nuevo o distinto y nos metemos en lugares exóticos que al final no siempre terminan gustándonos. No sé si hubiera venido a China de haber sabido lo mal que la pasaría, pero tengo que poder decir también que la pasé mal, porque viajar no está bueno todo el tiempo, no es disfrutar todo el tiempo, no es gratificador per se adquirir todo el tiempo nuevas experiencias si no tenés el temple espiritual para asimilarlas.

Y claramente yo no estoy teniendo ningún tipo de temple para asimilar nada.

Esto me generó una catarata de preguntas sobre el valor intrínseco del cambio como lo único que realmente existe y el valor de la tradición como aquello que nos genera identidad pero a la vez nos limita. Estoy en China y leyendo noticias argentinas me angustio. Estoy en un país con pena capital y tengo más miedo cuando abro el celular que cuando miro a mi alrededor. Es verdad, no debería preocuparme por Argentina, como tampoco debería preocuparme por vos, pero realmente no sé cómo hacer para que me deje de importar lo que me importa.

Tengo miedo. Es lo único que sé. Y tengo tanto miedo que hasta tengo miedo de tener miedo. Es la primera vez en mi vida que me pasa y no me siento cómoda, no me hallo, no sé quién soy. Como siempre fui una kamikazee, no sé porque ni a qué le tengo miedo ahora. Quizás sea así: que te deje de importar algo es mutar hacia lo desconocido y eso que no conocés te da miedo. Pero este vacío es inabordable: si ya no sos el que eras cuando te importaba (amabas a) ese algo ¿Quién sos? ¿A quién ama ese nuevo vos? ¿Qué le importa a ese nuevo vos?  Siento que no solo murió la idea que tenía de China sino que también murió con ella la yo que quería venir a China. Ambas están enterrada en la muralla.

Pero prometo: le voy a contar a mis nietos que después de conocer la muralla china tenía más miedo que antes para que entiendan que en la vida todo es caos y confusión.

 

Hoy me voy de China después de un mes. No comí perro, no me aplicaron la ley marcial, no me violaron, no me secuestraron para una red de trata, no me pusieron droga en la bebida ni me dieron el vuelto con caramelos. Y ya que estaba escalé la muralla china,  vi con mis propísimos ojos el comunismo más grande del planeta y cumplí un sueño que tenía desde 2003, cuando una profesora de geografía me encargó un trabajo sobre las relaciones chino argentinas y me obsesioné con lo absurdo que significaba que China existiese, que fuera realmente algo material, que no fuera una leyenda. Pasaron los años y como toda obsesión la mía no hizo más que crecer.

Tenía-que-ir-a-China.

No me importaba si tenía que ir sola, si tenía que dinamitar mi vida para poder llegar.

Tenía-que-ir-a-China.

En 2012 hice cuentas y era una locura. Ir a China de vacaciones era una locura. Ir a China sola era una locura aún mayor. Pero un día llegué. Menuda mi sorpresa cuando China no solo no me gustó sino que significó una de las peores experiencias de mi vida. Acá conocí el miedo. Y no es que antes no hubiera tenido miedo, sino que nunca me importó, porque la valentía y la osadía me generaban adrenalina, erótica y épica y estaba enamorada del desparpajo de quien se cree inmortal y avanza, contra todo y todos, como un kamikazee (que en japonés, btw, quiere decir un viento o un guerrero suicida). Ese viento, esa fuerza y esas ganas de estar en China me trajeron desde 2003 hasta acá. Y acá quedaron enterrados.

China me cambió porque yo había cambiado en el trayecto entre que quise venir por primera vez hasta que llegué. Pero una vez que estuve acá, China me mostró dos cosas que me aterrorizaron: puedo lograr sola todo lo que me proponga pero no quiero proponerme más nada sola. El ying, el yang, el gato vivo, el gato muerto, el pasado, el futuro, los monstruos, vos, yo, etc. En China pensé cotidianamente en vos, hablé cotidianamente con vos y me reí cotidianamente con vos. Los chinos debieron pensar que estaba loca hablando sola por Pekín, pero lo que no saben es que la única forma de que no me volviera loca fue justamente haber estado con vos todo el tiempo. Vos sos la única garantía que tengo de que no estoy sola porque, me repito, si pienso compulsiva y obsesivamente en vos, estoy con vos.

Pekin China

Pekin China

Pero vos, lamentablemente para mí, tampoco existís.

Entonces: ¿Cómo dejar de amar a algo/alguien que ya no existe? O peor: ¿Cómo aceptar que la idealización que hicimos de ese algo/alguien no se condice con la realidad? Si China existe pero no es cómo me la había imaginado, ¿existe realmente? Si vos no me amás ¿existís realmente? Si el amor es una construcción que es imposible hacer de forma unilateral y vos no me amás o no existís o estás muerto, lo que yo hago amándote es ubicarme en esa misma dimensión y dejar de existir. Pero si te doy finalmente por muerto voy a tener que asumir que tengo que amar a otro alguna vez, porque no estoy tan muerta como vos.

Si vos ocupaste en mi vida el lugar del amor, voy a tener que reemplazarte. De la misma forma en la que si China ocupó en mi vida el lugar del amor, la obsesión, la zanahoria y el motor para que rompa todo por los aires y venga a verla, voy a tener que reemplazarla.

Porque yo sí existo y sí estoy viva. Y necesito otro amor y otra muralla china.

Finalmente así puedo ver que si no me amás no tiene sentido que sigas existiendo, porque los muertos no tienen que ver sólo con la materialidad, sino con las decisiones políticas que uno toma sobre ellos. Y entiendo por fin que fue solo para eso que tenía que venir hasta acá: para aceptar mi soledad frente a tu ausencia y decidir que ya no quiero viajar más con vos, porque eso es viajar sola. Que vos (vivo y muerto) y yo (viva y muerta) somos como el comunismo capitalista chino, una contradicción que ya no quiero entender ni me fascina desentrañar.

Podés morirte de una vez.

Porque a vos también te enterré en la muralla.

Y ya no te amo, ya no existís, ya está.

Leticia Cappellotto